El tremendo "personaje" del diputado Javito: polémico en la TV y en la política
Javier Olivares ya generaba anticuerpos en televisión mucho antes de entrar al Congreso. Hoy, convertido en diputado y figura política performática, sigue provocando reacciones similares, aunque en un escenario bastante más delicado que un estudio televisivo.
Su trayectoria resulta llamativa. Hace algunos años parecía improbable imaginarlo sentado en programas como “Tolerancia Cero”, considerando que comenzó conduciendo “Tremendo Choque”, aquel recordado clon de “Mekano” que intentó explotar el fenómeno juvenil de comienzos de los 2000. En 2017 escribí sobre él cuando cubría huracanes en Miami para Univisión y daba un giro desde conductor de entretención hacia lector de noticias, enfundado en traje formal y utilizando un acento neutro internacional que evidenciaba su intención de reinventarse profesionalmente.
Retorno como “líder de opinión”. Ese tránsito continuó en Radio Carolina, donde fue dejando atrás el perfil de animador juvenil para adoptar uno más confrontacional y opinante. Ahí ya aparecía el estilo que hoy explota en política: frases provocadoras, tono agresivo y búsqueda permanente de visibilidad. El salto al Congreso terminó siendo la evolución natural de ese personaje mediático. Aunque su discurso parece mucho más cercano al mundo Republicano o NacionalLibertario, terminó recalando en el PDG de Franco Parisi, desde donde consiguió llegar a la Cámara de Diputados con poco más del 5% de los votos en el distrito 6.
La polémica ha sido una constante en su carrera. Mucho antes de sus controversias parlamentarias ya acumulaba episodios conflictivos. La histórica integrante de “Rojo” Maura Rivera, que participó en “Tremendo Choque” siendo aún menor de edad, acusó a Olivares de obligarla a hacer el "juego de la gomita". Su negativa desató la ira del actual diputado y desencadenó que fuera despedida de forma humillante. Más tarde, durante su paso por “Mekano” en 2005, protagonizó un enfrentamiento con el director Alex Hernández que terminó con su abrupta salida del programa. En 2019, en Egipto, denunció haber sido víctima de un “secuestro”, aunque posteriormente se informó que había sido detenido por grabar zonas militares restringidas y luego deportado.
Ese historial ayuda a entender al personaje político que terminó construyendo. Olivares parece haber comprendido algo central de la política contemporánea: en la era digital, provocar genera más atención que argumentar. Sus performances, apariciones públicas y constantes polémicas responden a esa lógica. El problema es que esa estrategia, eficaz para instalar temas en televisión o redes sociales, puede resultar especialmente tóxica cuando se traslada al debate político.
Ahí aparece una de las comparaciones más evidentes. Javier Olivares ocupa un espacio parecido al que Pamela Jiles viene explotando durante años, aunque sin la preparación política, cultural y comunicacional que le permite a la diputada convertir la extravagancia en un personaje coherente. En Olivares muchas veces la provocación parece quedarse únicamente en el gesto, sin una construcción intelectual detrás.
Cosplayer del “Tata”. Pasearse con una capa gris o azul marino, con lentes oscuros, tratando de emular a Pinochet frente a la diputada Lorena Pizarro, hija de un detenido desaparecido, constituye una provocación gratuita y de pésimo gusto. Es como ir a la casa de los hijos de Eduardo Bonvallet a hacer bromas pesadas con una soga de ahorcado.
El episodio ocurrido en Olmué refleja bien esa dinámica. Más allá de las distintas versiones, el patrón parece repetirse: confrontación, escalamiento del conflicto y posterior victimización mediática. Lo mismo ocurre con varias de sus intervenciones públicas, donde suele priorizar el impacto inmediato por sobre cualquier intención de construir discusión política seria. Eso no significa justificar agresiones ni violencia en su contra. Al contrario: responder físicamente a un provocador termina fortaleciéndolo, porque lo instala en el centro de la escena y alimenta precisamente el tipo de espectáculo que busca generar. En ese sentido, Olivares se parece bastante a esos futbolistas expertos en desestabilizar rivales para sacarlos de sus casillas, hacerlos expulsar y sacar ventaja del caos posterior.
El fenómeno trasciende a Javier Olivares como individuo. Su ascenso habla también de una política chilena cada vez más permeable a las lógicas del espectáculo y las redes sociales, donde la capacidad de generar polémica muchas veces pesa más que la preparación o la profundidad. La visibilidad permanente reemplaza al contenido, y el escándalo termina funcionando como capital político. Ese es el estilo que llevó al poder a Donald Trump, del cual Olivares es un declarado admirador.
Olivares no es solamente un personaje excéntrico o polémico. Es también el síntoma de una época donde la frontera entre televisión, redes sociales y política prácticamente desapareció. Y donde algunos entendieron que, en un ecosistema dominado por la atención inmediata, hacer ruido puede ser mucho más rentable que tener algo importante que decir o aportar.
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