Los títeres se tomaron el Zócalo. 31 Minutos lo hizo de nuevo.
A seis meses de su aplaudido paso por el Tiny Desk, 31 Minutos volvió a hacer historia. Esta vez no en un estudio íntimo, sino en uno de los escenarios más imponentes de América Latina: el Zócalo de la Ciudad de México. Ahí, frente a más de 230 mil personas, el programa insignia de APLAPLAC confirmó algo que ya no admite discusión: dejó de ser un espacio infantil para transformarse en un fenómeno cultural de escala continental.
Un gran escenario. El Zócalo no es cualquier lugar. Por ese escenario han pasado algunas de las figuras más convocantes del mundo, en conciertos masivos gratuitos que forman parte de la memoria colectiva mexicana. Esa mítica explanada ha recibido a figuras como Shakira, Paul McCartney, Los Fabulosos Cadillacs, Mon Laferte, Roger Waters, Vicente Fernández, Rosalía, Residente, Café Tácuba, Justin Bieber, entre otros.
Entre los más multitudinarios. El pasado 30 de abril, 31 minutos realizó un concierto gratuito en el Zócalo, en el marco del Día del Niño en México. De acuerdo a datos oficiales, logró juntar 230 mil personas, lo que lo transforma en el espectáculo más multitudinario de la historia del programa, y lo posiciona como la cuarta mayor asistencia entre los shows masivos en el Zócalo, solo por detrás de Shakira (2026, 400 mil), Los Fabulosos Cadillacs (2023, 300 mil), y el Grupo Firme (música regional mexicana, 2022, 280 mil), y superando por mucho a próceres como los nombrados. Que un show de títeres nacido en la televisión pública chilena logre ubicarse entre los eventos más multitudinarios de su historia no es solo una curiosidad estadística: es una señal del nivel que ha alcanzado el proyecto.
La madre de todos los espectáculos de títeres. Los genios de APLAPLAC nos tienen acostumbrados a shows de alto nivel, y esta no fue la excepción. Montaron un espectáculo completo, una versión expandida del programa que combina narrativa, música y humor con una precisión poco habitual. La historia —una delirante invasión extraterrestre gatillada por una pizza gigante lanzada al espacio— es apenas el hilo conductor de un montaje que mezcla sátira, absurdo, referencias culturales y una ejecución musical de primer nivel. Todo con ese sello tan propio de 31 Minutos: inteligencia disfrazada de simpleza. Estuvieron todos los ingredientes que distinguen al programa: ironía, humor negro fino, referencias al pasado (el inicio al estilo de “El Mundo al Instante”, ese noticiero que daban en los cines en tiempos antiguos; los videojuegos vintage en el segmento de Calcetín con Rombos Man; el guiño al soundtrack de “El Padrino” en “El Huerfadrino”) y hasta alusiones a la contingencia (Calcetín con Rombos Man diciendo “tengo que evitar que un grupo de locos desaten la Tercera Guerra Mundial”).
Las canciones envejecieron muy bien. Las canciones de 31 Minutos califican como “clásicos atemporales”. Hay algo ahí que trasciende generaciones y fronteras: un repertorio que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en un cancionero popular latinoamericano. Hasta las de las primeras temporadas siguen sonando frescas y atractivas. Algunas eran esperadas con ansias y fueron muy coreadas por el público del Zócalo como “Mi Equilibrio Espiritual”, “Bailan Sin Cesar”, “Mi Muñeca Me Habló”, “Objeción Denegada” y “Dinosaurio Anacleto”. De las más desconocidas, destacaría “El Péndulo Caótico”, muy al estilo del grupo español Mecano y con una letra plagada de referencias científicas. Hay variedad de estilos: ska, calypso, folk, reggaetón, pop, funk, cumbia, etc. La banda es un auténtico “Dream Team”, encabezada por tres ex miembros de la disuelta banda ”Chancho en Piedra”, los hermanos Pablo y Felipe Ilabaca y el baterista Toño Corvalán, Pedro Piedra, los propios Pedro Peirano y Alvaro Diaz y la inconfundible voz de Jani Dueñas.
Chile y México, un solo corazón. Si algo hacía falta para dimensionar lo que representa este programa en el país de Chabelo y el Chavo, ver al Zócalo abarrotado de gente y lleno de peluches de Juan Carlos Bodoque gritando “¡Chile, Chile!” al finalizar el show despeja todas las dudas. El público coreó canciones que hacían referencia a conceptos chilenos como “ring-raja”, “pololos”, “cueca”, “peladora” y otros. Hay cariño hacia 31 Minutos en esas tierras, y el equipo la supo retribuir. El muy bien logrado ensamble de “Querida” de Juan Gabriel al final de “Diente Blanco No Te Vayas” fue uno de los grandes momentos del concierto. 31 Minutos logró algo que muy pocos productos culturales consiguen: exportar identidad sin perder autenticidad. En tiempos donde todo tiende a homogenizarse, ese rasgo es particularmente valioso.
El arte y la cultura son industrias. Ese éxito no es casual. Es el resultado de una industria cultural que, cuando funciona, puede generar impacto económico, simbólico y político. Y aquí aparece un punto incómodo: este fenómeno ocurre justo cuando en Chile, gobernado por un grupo político refractario a lo que representa 31 Minutos, se discute el financiamiento de proyectos como los fondos concursables del Consejo Nacional de Televisión que dieron origen al programa. Reducir el arte a un gasto prescindible no solo es una mirada corta, sino también equivocada. La cultura no es un lujo. Es una inversión con retorno, tanto en términos económicos como de posicionamiento país. Lo que han hecho países como Japón con el animé o Corea del Sur con el K-pop no es muy distinto en esencia. Han entendido que la cultura puede ser una herramienta de proyección global. En ese sentido, 31 Minutos cumple hoy un rol similar para Chile, aunque muchas veces no se dimensione.
¿Qué viene después? 31 Minutos ya lo ha hecho casi todo: Viña, Olmué, Vive Latino, el Tiny Desk, Lollapalooza y ahora el Zócalo. Faltó el Unplugged, pero MTV ya cerró la cortina. ¿Qué se viene ahora? Quizás seguir pensando en clave local parece insuficiente. El desafío está en escalar: nuevos mercados, nuevos idiomas, nuevas plataformas. El potencial está ahí.
Lo que sí parece claro es que la televisión chilena ya les quedó chica. Volver a competir por rating en un ecosistema cada vez más estrecho sería, más que un paso adelante, un riesgo innecesario. 31 Minutos ya no pertenece a ese mundo. Dejó de ser un programa infantil. Es una potencia cultural latinoamericana que la televisión chilena ya no puede contener.
Lo que ocurrió en el Zócalo no fue solo un concierto exitoso. Fue la confirmación de algo más profundo: que un grupo de títeres, con buenas ideas y libertad creativa, puede llegar más lejos que toda una industria que muchas veces no sabe qué hacer con su propio talento.
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