Lo que deja el final de “El Desestrece”: la difícil transición desde el streaming a la TV abierta

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El sorpresivo final de la propuesta de comedia de Canal 13 es una nueva evidencia de la difícil transición a la TV abierta de los rostros que destacan en el streaming

El abrupto final de “El Desestrece”, la apuesta humorística de Canal 13 junto al colectivo “El Sentido del Humor”, dejó una sensación amarga. El programa alcanzó a emitir apenas ocho capítulos antes de bajar la cortina, confirmando una realidad incómoda para la industria: el éxito en el streaming no garantiza funcionar en la televisión abierta.

El problema no era la falta de talento. Había buenos comediantes, varios con exitosos pasos por Viña y Olmué, además del retorno de figuras reconocibles como Claudio Moreno y la aparición prometedora de Francisca Medina. El programa tuvo momentos realmente inspirados, especialmente en sketches y segmentos donde lograba combinar irreverencia, referencias culturales y humor generacional. Incluso el “react” conducido por Cynthia Gallardo consiguió buenos resultados en plataformas digitales. El problema era otro: aparte del complicado horario de los domingos a las 11 de la noche, el programa parecía hablarle a un público distinto al que hoy domina la televisión abierta. Hacía reír a los jóvenes, pero no a sus padres ni a sus abuelos, y los que consumen TV abierta son los padres y los abuelos, mientras que los hijos lo hacen por streaming y You Tube.

Una barrera insalvable. Ese es el mismo muro con el que anteriormente chocó “El Antídoto”. Llevar un fenómeno nacido en el streaming a la televisión tradicional es un ejercicio mucho más complejo de lo que parece. Es como intentar presentar una banda de k-pop en un festival de música de la Nueva Ola: por muy talentosos que sean los artistas, probablemente no conectarán con un público formado bajo códigos culturales completamente distintos.

El público del streaming no es el mismo de la TV abierta. Los seguidores más fieles de “El Sentido del Humor” consumen contenido fragmentado, interactúan en redes sociales, siguen clips virales y participan activamente en comunidades digitales. En cambio, la televisión abierta sigue dependiendo principalmente de audiencias mayores, acostumbradas a formatos más tradicionales y a una relación distinta con la comedia. Ahí radica parte importante del éxito de propuestas como “Detrás del Muro”, heredera directa de la escuela del “Jappening con Ja” y “Morandé con Compañía”, o del renovado impulso de “El Club de la Comedia” tras la incorporación de Yerko Puchento.

En “El Desestrece” parecían entender ese problema. Por eso abundaban los guiños al pasado: la recuperación de Carlos Núñez Núñez, las referencias a viejos formatos televisivos y la presencia de figuras históricas del humor chileno. Era un intento evidente por tender puentes entre dos generaciones de espectadores. Pero no bastó.

El problema de fondo es más estructural. Durante décadas, la televisión chilena tuvo espacios donde probar rostros nuevos y experimentar sin la presión inmediata del rating. Existían canales pequeños (UCV TV, Teleonce, Rock & Pop TV) y franjas de menor exposición donde podían surgir ideas raras, programas de nicho o talentos jóvenes que crecían lentamente. “Mekano”, por ejemplo, pasó años buscando identidad antes de convertirse en fenómeno masivo. Lo mismo ocurrió con espacios como “Pase lo que Pase”, “Pantalla Abierta” o incluso “31 Minutos”. Más tarde, canales de cable como Vía X también cumplieron parcialmente ese rol de laboratorio creativo.

Hoy ese margen prácticamente desapareció. La crisis económica de la TV abierta obliga a competir permanentemente por resultados inmediatos, dejando poco espacio para procesos largos de maduración. Como consecuencia, el recambio televisivo se volvió mucho más conservador y envejecido. La nueva cantera de talentos ya no está dentro de la televisión: está en YouTube, Twitch, TikTok, podcasts y plataformas digitales.

El problema es que esa cantera juega bajo reglas distintas. En el streaming importa la interacción inmediata, la construcción de comunidades y la identificación con nichos específicos. La televisión abierta, en cambio, sigue funcionando sobre hábitos de consumo más tradicionales: familiaridad, rutina y transversalidad etaria. Son lenguajes diferentes, y hasta ahora el tránsito desde un mundo hacia el otro ha demostrado ser mucho más difícil de lo que muchos ejecutivos imaginaron.

Por eso figuras muy exitosas en plataformas digitales, como Lady Ganga de las Amikas o los propios integrantes de “El Sentido del Humor”, han tenido dificultades para consolidarse en televisión abierta, mientras que el movimiento inverso suele funcionar mejor. Rostros formados en la TV tradicional pueden adaptarse al streaming porque ya manejan códigos masivos y estructuras televisivas clásicas. El camino contrario exige aprender a conectar con una audiencia mucho más amplia y heterogénea.

Eso no significa que la asociación entre televisión y streaming esté condenada al fracaso. Al contrario: probablemente sea una necesidad inevitable para la supervivencia futura de la TV abierta. El desafío estará en entender que no basta con trasladar rostros digitales a una pantalla tradicional. Lo que necesita adaptarse no son solo las personas, sino también los formatos, los ritmos y las formas de relacionarse con la audiencia. Lo más astuto que podrían hacer los canales tradicionales es marcar presencia en este nuevo mundo, ya sea asociándose con plataformas ya establecidas, como lo intentó Canal 13 con El Sentido del Humor, o bien generar contenidos especiales, como de hecho lo están haciendo con los reacts y las teleseries verticales.

Porque la televisión necesita rejuvenecer para sobrevivir. Y aunque todavía no logra hablar completamente el idioma del streaming, tarde o temprano va a tener que aprenderlo.

 

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