El fin de los canales chicos: la televisión abierta se quedó sin cantera
La desaparición práctica de Telecanal y la prolongada agonía de La Red dejan una consecuencia que va mucho más allá de la pérdida de dos señales de televisión. La industria chilena está perdiendo sus espacios de experimentación, aquellos lugares donde durante décadas surgieron nuevos rostros, nuevas ideas y nuevos formatos sin la presión permanente del rating.
Los síntomas son evidentes. Telecanal dejó de transmitir tras una decisión del CNTV, mientras que
La Red acumula problemas operativos, sanciones y largos períodos de
programación de bajo costo. Ambas señales aparecen vinculadas al grupo
Albavisión, del empresario mexicano-guatemalteco Remigio Ángel González,
conocido como “El Fantasma”. En los hechos, los dos canales terminaron
convertidos en vitrinas de infomerciales, programas envasados y contenidos
adquiridos a terceros, muy lejos de cualquier proyecto televisivo con aspiraciones
de crecimiento.
La paradoja es que este modelo parece ser rentable. Mientras los grandes canales luchan por equilibrar
sus cuentas en un mercado cada vez más competitivo, señales con escasa
producción propia han conseguido resultados financieros aceptables. Que sea
posible ganar dinero en televisión abierta prácticamente sin hacer televisión
dice mucho sobre el complejo momento que atraviesa la industria.
El problema creativo de no tener canales chicos. Durante décadas, los canales pequeños funcionaron
como una especie de “divisiones inferiores” de la televisión chilena. Eran
espacios donde se podía experimentar, equivocarse y aprender. Con menos
recursos que los grandes canales, compensaban sus limitaciones con creatividad
y flexibilidad.
Allí nacieron o se consolidaron muchos de los nombres que posteriormente se transformaron en figuras
centrales de la televisión chilena. UCV Televisión fue el punto de partida para
figuras como el Profesor Rossa, Leo Caprile y Karla Constant. Rock & Pop TV
sirvió de plataforma para Sergio Lagos, Iván Valenzuela, Consuelo Saavedra,
Juan Cristóbal Guarello y Martín Cárcamo, entre muchos otros. En ese mismo
canal, Álvaro Díaz y Pedro Peirano desarrollaron proyectos como “Plan Z” antes
de crear “31 Minutos”. El antiguo Teleonce, posteriormente transformado en
Chilevisión, fue una escuela para nombres como Felipe Camiroaga, Julián Elfenbein,
Marcelo Comparini, Claudia Conserva y Juan Carlos Valdivia. La Red, por su
parte, fue el hogar de figuras como Eli de Caso, Raúl Alcaíno, Rafael Araneda y
Kike Morandé.
Más importante aún, estos canales permitían que surgieran programas imposibles de imaginar
en las grandes estaciones. Propuestas arriesgadas, experimentales o simplemente
distintas podían encontrar un espacio donde desarrollarse sin la presión de
competir inmediatamente por el liderazgo de audiencia. Ejemplos claros: Mentiras
Verdaderas (en especial Los Viernes Sin Censura), El Desjueves, Plan Z y Cóctel.
También cumplían otra función menos visible pero igualmente relevante: ofrecer oportunidades
de crecimiento a comunicadores que en los canales grandes ocupaban roles
secundarios. Muchos conductores, periodistas y animadores como Julia Vial,
Eduardo Fuentes y Eduardo De la Iglesia, encontraron allí el espacio necesario
para asumir mayores responsabilidades y construir una identidad propia frente a
las cámaras.
Hoy ese ecosistema prácticamente ha desaparecido. La televisión abierta chilena está concentrada en
cuatro grandes actores —Mega, TVN, Canal 13 y Chilevisión— mientras TV+
sobrevive como la única señal pequeña con presencia relevante. El problema es
que, en un mercado reducido y financieramente presionado, los canales grandes
tienen cada vez menos margen para experimentar. La necesidad de obtener
resultados inmediatos dificulta apostar por ideas nuevas o por talentos
desconocidos.
Por eso la renovación se está buscando fuera de la televisión
tradicional. Primero fue el cable,
que permitió el desarrollo de proyectos como los late shows de Julio César
Rodríguez, la SCA como embrión de “El Club de la Comedia”, el renacimiento del
Profesor Rossa y la aparición de figuras como Ignacio Franzani o Humberto
Sichel. Hoy el principal semillero parece ser el streaming.
Sin embargo, la experiencia reciente demuestra que el tránsito no es
sencillo. Los creadores
digitales suelen manejar códigos, ritmos y formas de comunicación muy
diferentes a los de la televisión abierta. El caso de “El Desestrece” mostró
precisamente esa dificultad: una propuesta exitosa en internet no
necesariamente logra conectar con las audiencias tradicionales de la
televisión.
La caída de los canales pequeños tiene una explicación simple. Nunca lograron consolidar modelos de negocio
suficientemente sólidos para sobrevivir en un entorno cada vez más competitivo.
Lo que les sobraba en creatividad muchas veces les faltaba en recursos y
estabilidad financiera. Con la irrupción de las plataformas digitales y las
redes sociales, esa fragilidad se volvió aún más evidente.
Por eso es difícil imaginar el surgimiento de nuevos canales de este
tipo. Hoy un creador puede
producir contenido desde un computador o un teléfono móvil y alcanzar
audiencias masivas sin necesidad de operar una señal de televisión. Desde el
punto de vista económico, competir contra esa realidad resulta extremadamente
complejo.
La pregunta es quién cumplirá ahora el rol que antes desempeñaban los
canales chicos. Porque más allá de
sus problemas financieros o de audiencia, estas estaciones aportaban algo que
la televisión chilena necesita desesperadamente: espacios para descubrir
talento, probar formatos y desarrollar ideas nuevas.
Los canales pequeños rara vez ganaban la batalla del rating. Pero durante décadas cumplieron una función mucho
más importante: fueron los laboratorios donde se construyó buena parte del
futuro de la televisión chilena. Y hoy, cuando la industria más necesita
renovarse, esos laboratorios están desapareciendo.
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