Coyote vs. ACME: la película que sobrevivió a la corporación que la sepultó
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Un clásico
entrañable
Los Looney Tunes son parte de nuestra infancia.
Recuerdo esas tardes de semana en Canal 13, cuando Bugs Bunny, el Pato Lucas,
Porky, el Gallo Claudio, Silvestre y Piolín, Speedy González y compañía
aparecían para rellenar la programación entre un espacio y otro.
Dentro de ese universo estaba también la eterna y
fallida persecución del Coyote al Correcaminos: una sucesión infinita de planes
imposibles, productos defectuosos, explosiones, caídas y derrotas (salvo un capítulo apócrifo hecho por un fan) que, pese a
repetirse durante décadas, nunca perdieron su gracia.
El Coyote y el Correcaminos incluso tuvieron un
inesperado protagonismo en uno de los momentos más importantes de la historia
reciente de Chile. La noche del plebiscito de 1988, Canal 13 emitió durante
varias horas las aventuras de estos personajes mientras se retrasaba la entrega de los resultados oficiales que terminarían
confirmando la derrota de la opción “Sí”. Para toda una generación, por lo
tanto, los Looney Tunes no son solamente caricaturas: son parte de la memoria televisiva.
Por eso resulta tan curioso que, décadas después,
el Coyote haya terminado convertido en el símbolo involuntario de una batalla
contra el poder corporativo.
Todo partió con una
columna satírica
La idea de Coyote vs. ACME nació de una
columna publicada por el comediante Ian Frazier en febrero de 1990 en The
New Yorker. Escrita con el tono solemne de un documento legal, “Coyote vs.
Acme” presentaba a un abogado que representaba a Wile E. Coyote en una demanda
contra la empresa fabricante de los productos que, durante décadas, habían
explotado, fallado o simplemente funcionado al revés.
La premisa era brillante porque tomaba algo que
siempre habíamos aceptado como parte del chiste y lo miraba desde otra
perspectiva: ¿qué pasaría si alguien revisara seriamente el historial de
accidentes del pobre Coyote?
A partir de esa idea se construyó la película,
utilizando además el tradicional formato que mezcla acción real y animación. Un
género que tuvo intentos previos como Cool World, pero que encontró su
gran obra fundacional en el mítico ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, antes de que los
Looney Tunes volvieran a probarlo en Space Jam junto a Michael Jordan.
El abuso
corporativo dentro de la pantalla
En Coyote vs. ACME, la demanda del Coyote es
solamente la puerta de entrada a una historia bastante más ambiciosa. Los
productos defectuosos de ACME no serían simples accidentes ni errores de
fabricación: detrás existiría una maquinaria empresarial que utiliza a las
caricaturas como conejillos de Indias.
Los personajes animados prueban los productos,
sufren sus fallas y pagan las consecuencias físicas y psicológicas. Una vez
corregidos los defectos, las versiones mejoradas quedan listas para el consumo
humano.
La película toma así el absurdo tradicional de los
Looney Tunes y lo transforma en una metáfora sorprendentemente reconocible.
Aparecen personajes dañados, traumatizados o transformados por décadas de
accidentes que, en las caricaturas originales, simplemente eran parte del
chiste.
El resultado es mucho más interesante que una
simple película nostálgica. Bajo la apariencia de una comedia familiar, aparece
una crítica a las grandes estructuras corporativas capaces de convertir a las
personas —o, en este caso, a las caricaturas— en simples recursos para alcanzar
un objetivo comercial.
Y también fuera de
ella
Aquí está la gran paradoja de esta historia.
La propia Coyote vs. ACME estuvo a punto de
convertirse en víctima de una decisión corporativa tomada con una lógica muy
similar a la que denuncia en su argumento.
La película estaba terminada y originalmente
contemplaba un estreno en 2024. Las funciones de prueba habían generado
expectativas positivas. Sin embargo, tras la reorganización empresarial
posterior a la fusión de Warner Bros. y Discovery, la compañía decidió archivar
el proyecto como parte de una operación contable que permitía reducir costos y
obtener beneficios tributarios.
En otras palabras: una película terminada,
realizada durante años por cientos de personas, podía desaparecer sin que el
público tuviera siquiera la oportunidad de verla porque mantenerla guardada
resultaba financieramente conveniente.
La reacción fue inmediata. Realizadores, actores y
fanáticos cuestionaron una decisión que consideraban una falta de respeto hacia
el trabajo artístico y hacia quienes habían participado en la producción.
Durante meses, Coyote vs. ACME quedó convertida en el símbolo de un
temor creciente dentro de Hollywood: que una obra terminada pueda desaparecer
simplemente porque una planilla Excel determina que es más conveniente.
Finalmente, después de negociaciones y presión
pública, Warner Bros. Discovery permitió que la película encontrara otra vía de
distribución. Ketchup Entertainment asumió el riesgo y decidió llevarla a los
cines.
Un Caballo de Troya
contra la lógica corporativa
Probablemente, si Coyote vs. ACME hubiera
llegado tranquilamente a los cines en la fecha prevista, habría sido recibida
como una simpática película de entretención. Una de esas producciones ideales
para pasar un buen rato comiendo cabritas y tomando bebida, reírse un par de
veces y luego seguir con la vida.
Todo lo que ocurrió cambió completamente su
significado.
Hoy es imposible verla sin pensar en su propia
historia. Una película sobre personajes utilizados y dañados por una
corporación estuvo a punto de ser eliminada por una corporación real debido a
una decisión contable.
Es un auténtico Caballo de Troya. Detrás del humor
físico, los golpes, las explosiones y el absurdo característico de los Looney
Tunes se esconde una crítica mucho más incómoda a la forma en que las grandes
empresas pueden tomar decisiones perfectamente legales y racionales desde el
punto de vista financiero, pero profundamente cuestionables respecto de las
personas que trabajan para ellas y del público al que dicen servir.
La reivindicación
del Coyote
También obliga a mirar de otra manera al
protagonista.
Durante décadas, el Coyote fue el gran símbolo del
fracaso. El personaje que siempre tenía un plan brillante, siempre compraba el
producto equivocado y siempre terminaba cayendo por un precipicio.
Pero visto desde otra perspectiva, también es uno
de los personajes más resilientes de la cultura popular. Después de miles de
fracasos, vuelve a levantarse y prepara otro plan.
En la película, incluso su relación con el
Correcaminos adquiere una dimensión inesperadamente emotiva. Lo que durante
décadas parecía ser la historia de un cazador y su presa termina revelando algo
mucho más complejo. Cuando llega el momento decisivo, aparece la posibilidad de
que aquella persecución eterna haya sido también una peculiar forma de amistad.
Y eso convierte al Coyote, por primera vez, en algo
más que el eterno perdedor.
Odio eterno al
Gallo Claudio
Uno de los mayores placeres de la película es
descubrir cómo juega con las expectativas que tenemos sobre personajes
conocidos.
El caso más sorprendente es el Gallo Claudio. El
personaje conserva su característica manera de hablar, pero aparece
transformado en una figura arrogante, tóxica y francamente intimidante. La
combinación entre un personaje históricamente cómico y una personalidad
corporativa despiadada produce algunos de los momentos más inquietantes de la
historia.
Nunca pensé que terminaría viendo al Gallo Claudio
convertido en uno de los villanos más memorables del cine. Y, sinceramente,
después de verlo en esta película, mi relación con él nunca volverá a ser la
misma.
Se merecen que sea
un buen negocio
El éxito que Coyote vs. ACME está
consiguiendo en cartelera tiene algo de justicia poética.
No solamente porque reivindica una película que
estuvo a punto de ser enterrada sin que nadie pudiera verla, sino porque premia
la decisión de quienes asumieron el riesgo de rescatarla.
Ojalá Ketchup Entertainment recupere su inversión y
consiga ganancias. Ojalá el éxito de la película abra más oportunidades para
quienes creen que una obra terminada merece, al menos, la posibilidad de
encontrarse con su público. Y ojalá su historia sirva como advertencia para una
industria cada vez más dominada por decisiones tomadas desde las planillas.
Durante décadas, ACME intentó venderle al Coyote
productos que terminaban explotándole en la cara. Esta vez, paradójicamente, el
Coyote logró sobrevivir a una corporación real que estuvo a punto de dejar su
historia guardada para siempre.
Y quizás esa sea la mayor victoria que ha
conseguido en toda su carrera.
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