La teleserie ranchera de María José Quintanilla y el Festival de Viña
Hace rato que existe presión para que María José
Quintanilla vuelva al mismo festival donde triunfó a lo grande en 2004. Sin
embargo, hasta ahora no se ha podido concretar por las diferencias en las
negociaciones.
No es un tema de falta de calidad ni de relevancia.
María José es una artistaza que no necesita dar más muestras de su calidad. Por algo llegó a ser apadrinada por el mismísimo Juan Gabriel. Es una de las mayores exponentes de la canción ranchera en Chile y no se cansa de hacer conciertos exitosos a tablero vuelto, incluyendo tres Movistar Arena consecutivos.
Además, es uno de los rostros televisivos más
importantes de Mega, el canal líder de la televisión abierta chilena y que
actualmente tiene los derechos del Festival. Más encima, es la conductora de Coliseo,
programa que busca a un comediante para Viña 2027.
Desde el punto de vista artístico, entonces, cuesta
discutir que María José merece hace rato volver al Festival de Viña.
Pero una cosa es merecer Viña y otra muy distinta
es que la negociación sea fácil.
Negociaciones
complicadas
A pesar de las presiones, del Estadio Nacional
gritando "¡A Viña!" durante el cierre de la Teletón 2025 y hasta de
la bendición de la mismísima Mon Laferte, simplemente no se ha dado.
Han circulado distintas versiones sobre las
dificultades de la negociación: diferencias respecto del monto, las condiciones
de presentación, el rol de su manager y hermano, y eventuales desencuentros con
la productora Bizarro.
Más allá de cuánto haya de cierto en cada una de
esas versiones, hay una cuestión bastante más interesante detrás de esta
teleserie.
El problema de fondo es que María José Quintanilla
es una estrella enorme en Chile, pero su carrera tiene una proyección
fundamentalmente nacional.
Y eso, para un festival que se vende como
internacional, pesa.
Los artistas "pijama"
Existen, a mi juicio, dos tipos de artistas
chilenos.
Por una parte, están los que podríamos llamar de "consumo
interno" o "pijama": artistas con carreras fuertes,
consolidadas y perfectamente respetables dentro de Chile, con premios MUSA y
PULSAR, conciertos exitosos y una importante base de seguidores, pero con poca
o nula presencia fuera de nuestras fronteras.
Ahí podríamos ubicar a María José Quintanilla y
buena parte de la escena ranchera chilena, pero también a nombres como Jordan,
Los Vásquez, Saiko, Entremares, Princesa Alba, Paula Rivas, Fother Muckers,
Alanys Lagos y a la llamada Nueva Cumbia Chilena.
No significa que sean artistas de menor calidad.
Todo lo contrario. Simplemente tienen un mercado principal muy definido: Chile.
Y para ellos, el techo de los grandes festivales
televisados parece estar más cerca de Olmué que de Viña.
Los artistas
"con proyección"
En la otra vereda están aquellos que han conseguido
construir una carrera o al menos marcar presencia fuera del país o que
derechamente tienen ambiciones internacionales: Mon Laferte, Los Tres, Luis
Jara, Myriam Hernández, Los Bunkers, Francisca Valenzuela, Cami, Kid Voodoo,
Denisse Rosenthal, Paloma Mami, Ana Tijoux, Alex Anwandter, Pablo Chill-E,
Chico Trujillo y Candelabro.
El Festival de Viña necesita de ambos mundos, pero
no necesariamente los trata de la misma manera.
Porque mientras un artista puede ser primerísima
figura en Olmué, en Lollapalooza o en cualquier festival nacional, eso no
necesariamente significa que tenga el mismo atractivo para un evento que busca
audiencia y repercusión internacional.
Y ahí aparece el curioso caso de María José
Quintanilla.
Primerísima figura
en Olmué, actriz de reparto en Viña
María José es, sin duda, una de las grandes figuras
populares de la música chilena actual. Su capacidad para convocar público está
más que demostrada.
Pero su carrera internacional es otra historia.
Es una reina en Chile, particularmente dentro de la
música ranchera, un género con un arraigo popular enorme en nuestro país. El
problema es que ese éxito no necesariamente se replica fuera de nuestras
fronteras.
Y aquí aparece una paradoja: su show
probablemente sería muy relevante para el público chileno y podría entregar
excelentes números de sintonía, pero existe una duda razonable respecto de
cuánto interés despertaría en otros mercados.
Eso no es un juicio sobre su calidad artística. Es
simplemente una característica de su carrera.
El problema del
monto
Después viene la parte económica.
María José monta un gran espectáculo, con una banda
numerosa y una producción importante que obviamente hay que pagar. Además, el
contrato del Festival incluye una cláusula de exclusividad que le impide
realizar otros conciertos durante la temporada veraniega.
De acuerdo con estimaciones expuestas en Hay que
decirlo, de Canal 13, María José generaría cerca de $30 millones por
presentación.
Si durante el verano realiza 50 fechas, la cuenta
puede llegar fácilmente a los $1.500 millones.
Entonces, para ella, Viña no solamente tiene que
ser una gran oportunidad artística. También tiene que compensar aquello que
deja de ganar.
Por eso, si efectivamente la cifra que se ha
mencionado de $500 millones corresponde a su pretensión, tampoco resulta tan
sencillo decir que es un monto absurdo. Incluso se podría decir que le está “haciendo
precio” al Festival. Para María José, presentarse en Viña significa renunciar a
una temporada completa de conciertos, probablemente la más rentable del año, y
los $500 millones representan a lo más la tercera parte de lo que perdería. El
festival puede darle prestigio, exposición y un momento televisivo inolvidable.
Pero desde el punto de vista financiero, el costo de oportunidad puede ser
enorme.
El problema del
horario
Y está también el otro punto de la negociación: el
horario.
Según las versiones conocidas, María José habría
buscado actuar en horario estelar, idealmente abriendo alguna jornada y no
ocupando el tradicional espacio que muchas veces queda reservado para los
artistas nacionales, que es cerrar una jornada en la madrugada y ante una
Quinta Vergara semivacía.
Desde su perspectiva, es perfectamente entendible.
Después de tantos años de carrera, una artista que llenó tres Movistar Arena tiene argumentos para considerar que no debería ser tratada como un simple número de relleno.
Pero desde la organización también existe una
pregunta legítima:
¿Cuánto espacio estelar está dispuesto a entregar
un festival internacional a una artista cuyo principal mercado sigue siendo
Chile?
Ahí está el verdadero choque.
¿María José
necesita ir a Viña?
Y llegamos a la pregunta más importante.
¿María José Quintanilla necesita realmente ir al
Festival de Viña?
Si su objetivo es dar el salto internacional,
probablemente sí tendría sentido intentarlo. Viña puede ser una vitrina
gigantesca y una oportunidad para mostrarle su trabajo a una audiencia mucho
más amplia.
Pero si está completamente satisfecha reinando en
Chile, llenando recintos y teniendo una carrera televisiva consolidada, la
ecuación cambia.
Porque ir a Viña podría significarle sacrificar una
cantidad importante de ingresos, aceptar condiciones que no necesariamente la
dejan conforme y exponerse a una situación incómoda: ser una de las grandes
estrellas de Chile y, al mismo tiempo, aparecer dentro de la parrilla
internacional como una artista de segundo orden.
A menos que pretenda proyectar su carrera
internacionalmente, esto es un pésimo negocio por donde se le mire.
Mega la tiene
difícil
Por eso, la teleserie parece estar entrampada.
Artísticamente, María José tiene méritos de sobra
para volver al escenario de la Quinta Vergara. Económicamente, tiene razones
para pedir una compensación importante. Y desde la perspectiva de Viña, existen
razones para preguntarse cuánto invertir en una artista cuyo impacto
internacional todavía es limitado.
Quizás el problema no es que María José Quintanilla
no esté a la altura de Viña. El problema es que Viña y María José están jugando
con reglas distintas.
Ella es una primera figura en Chile. El Festival
necesita, además, pensar en lo que ocurre más allá de Chile.
Y por eso, para que esta teleserie ranchera llegue
a buen puerto, probablemente ambas partes tendrán que ceder.
Sería una pena que no ocurriera. Porque, más allá
de contratos, millones, horarios y cláusulas de exclusividad, hay algo que sí
parece indiscutible: sería interesante volver a ver en la Quinta Vergara a
aquella niña prodigio que triunfó en 2004, pero ahora convertida en una artista
completamente consolidada.
Comentarios
Publicar un comentario